El virus está en las redes

Desde que los primitivos humanos se afincaron en su sitio para dedicarse a la agricultura y dejaron la vida trashumante de los cazadores/recolectores, los virus pasaron a compartir la vida con nuestros ancestros.

Varias enfermedades como el ébola, la rabia, la fiebre amarilla, la influenza, la viruela y el actual coronavirus son zoonóticas, es decir enfermedades que se transmiten del animal al ser humano. 

La lista es extensa y va desde la vaca loca, hasta el hantavirus, pasando por la encefalitis equina y el zika... Estás son solo algunas enfermedades que nos amenazan (hoy solo hablamos de virus, pero también nos amenazan bacterias como la brucelosis, carbunco, leptospirosis y la temible peste bubónica que está agazapada en algún rincón del planeta), los hongos como la tiña (tinea corporis) y parásitos como la toxoplasmosis, además de decenas de helmintos. Es decir, estamos sumergidos en un mundo de potenciales generadores de agentes patógenos, muchos de ellos sin tratamiento conocido ni vacuna ni profilaxis. Estamos a merced de los gérmenes, que además pueden mutar hacia formas más resistentes o atenuarse siguiendo los azarosos caminos de las mutaciones. Las bacterias y la resistencia a los antibióticos es solo un ejemplo. 

Nacimos en este valle de lagrimas y por miles de años coexistimos con ellos. La historia de la humanidad podría resumirse en una larga sucesión de guerras y pandemias que muchas veces coexistían, porque en las contiendas no era extraño que los gérmenes produjesen más daño que las balas o las lanzas. 
Por de pronto, cada pandemia deja cambios culturales, religiosos y arquitectónicos. Las estrechas callejuelas propias de la vieja Europa, tan lindas para ver pero difíciles de vivir por el contagio de enfermedades gastrointestinales, dieron lugar a ciudades con grandes bulevares y cloacas. En esta oportunidad, la gente se está percatando que los grandes centros urbanos son trampas mortales donde los virus viajan por aire y agua. Se está dando una lenta pero inexorable migración hacia barrios aislados de las ciudades o sitios semirurales. 

La gente supone que está pandemia se va a prolongar o podría existir otro brote. El barbijo ha llegado para quedarse.

También estamos viviendo cómo el gobierno restringe la movilidad (conspirando contra la inmunidad del rebaño que es como la humanidad ha sobrevivido a tantas epidemias) y limita las actividades a fin de evitar el contagio de una virosis de baja mortandad (la viruela tenía una mortandad del 25% y solo en el siglo XX mató a 300 millones de personas, el virus del ébola supera al 30%, el SARS también ronda esa cifra, el MERS algo menos). Lo curioso es que existen tratamientos para el Covid y todos los mandatarios (Bolsonaro, Trump, Johnson, etc) que sufrieron la infección del coronavirus, se han recuperado notablemente gracias a distintos tratamientos.

No podemos decir cuál será el próximo virus (o bacteria) que se disemine entre nosotros. No sabemos si habrá nuevos gérmenes o aparecerán variables de los viejos. Lo que si estoy seguro es que si continuamos con esta transmisión en vivo y en directo, contando infectados (sin tener una idea con qué compararlo) y muertos para cotejarlos con los resultados de otros países (casi con fervor futbolero, como si se tratase de un mundial), con miedo inculcado por la presión mediática, vamos hacia una dictadura teocrática con una fuerte restricción de los valores que hacen a la condición humana, porque el virus está en las redes... y desde allí nos van a manipular.

Fuente: La prensa

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